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Lo que realmente es la Torá — El fundamento sobre el que se sostiene todo creyente

Pasarela hacia el mar, fotografiada por Eddie CantuEddie Cantu Photography

“Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y equipar a su pueblo para toda buena obra.”

2 TIMOTEO 3:16–17 · Traducción del pasaje citado en el estudio
En este estudioEl fundamento sobre el que se sostiene todo creyenteNo una ley. Una dirección.¿Dónde encaja el resto de la Biblia?Dónde se equivocan los creyentesEl lunes por la mañanaOraciónDeclaración

El fundamento sobre el que se sostiene todo creyente

Cuando Pablo escribió esas palabras a un joven pastor llamado Timoteo, no había un Nuevo Testamento en ningún estante. Ningún Evangelio se había encuadernado junto con una carta de Pablo para llamarlo «la Biblia». Por eso, cuando Pablo dice «toda la Escritura», no está señalando hacia un libro que todavía no existía. Está mirando hacia atrás: hacia las Escrituras que Timoteo había conocido.

Mira el versículo anterior: «desde la niñez has conocido las Sagradas Escrituras» (2 Timoteo 3:15). La madre de Timoteo, Eunice, y su abuela Loida eran judías; Pablo menciona su fe en 2 Timoteo 1:5. Un niño judío criado desde pequeño en las «Sagradas Escrituras» crecía con la Torá, los Profetas y los Salmos: lo que Yeshua mismo llamó «la ley de Moisés, los profetas y los salmos» en el camino a Emaús (Lucas 24:44). Eso era lo que significaba «Escritura». Ese es el fundamento que, según Pablo, prepara a la persona de Dios para toda buena obra.

Así que la pregunta que todo creyente necesita responder no es solamente «¿qué dice la Biblia?», sino: ¿qué es realmente la Torá?

No una ley. Una dirección.

La palabra hebrea Torá (תורה) viene de la raíz yarah, una palabra que significa señalar o apuntar, como un arquero que dirige una flecha hacia un blanco. En su sentido pleno, significa enseñar, instruir, mostrar el camino. Torá no es una palabra de tribunal. Es la palabra de un padre: un papá detrás de su hijo, con las manos sobre sus hombros, orientándolo en la dirección correcta y diciéndole: por aquí; hacia aquí te estoy guiando.

Eso cambia por completo la manera de leerla. La Torá no fue entregada a Israel como una fría lista de exigencias diseñada para sorprenderlos fallando. Era instrucción para una vida apartada y bendecida: Dios mostrando a Su pueblo cómo caminar para que Su bendición encontrara lugar en sus vidas. Más que un reglamento, era la dirección de un Padre para Sus hijos.

¿Dónde encaja el resto de la Biblia?

Esta es la parte que muchos creyentes nunca reciben con claridad: lo que llamamos el Nuevo Testamento no fue escrito para reemplazar la Torá, añadir una segunda Escritura a su lado o comenzar algo nuevo. Fue escrito para dar testimonio de que todo lo que la Torá, los Profetas y los Salmos habían prometido se había manifestado en una Persona.

Pablo lo expresa con claridad al hablar del evangelio: «El Mesías murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras… fue sepultado y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras» (1 Corintios 15:3–4). Observa lo que hace: no mide la resurrección según un libro nuevo, sino según las Escrituras anteriores. Los Evangelios registran ese cumplimiento en la historia: las enseñanzas del Mesías, Su muerte, Su sepultura y Su resurrección. Testigos presenciales y sus compañeros, inspirados por el Espíritu, lo escribieron para que lo prometido en la Torá y los Profetas pudiera verse, creerse y transmitirse. Hechos registra lo que ese cumplimiento puso en marcha. Las Epístolas son enseñanza apostólica: pastores y ancianos reales escribiendo a iglesias reales, mostrando cómo la justicia a la que siempre apuntó la Torá se cumple en los creyentes por el Espíritu, y no por su propia fuerza de voluntad (Romanos 8:3–4).

Por eso el Nuevo Testamento está lleno de citas de la Torá, los Profetas y los Salmos. No se presenta junto a las Escrituras hebreas como otro reglamento equivalente y separado. Se apoya sobre ellas y señala: esto era lo que aquellas anunciaban desde el principio.

Dónde se equivocan los creyentes

Hay dos zanjas a los lados de este camino, y conviene reconocer ambas.

Algunos oyen «la Torá es el fundamento» y concluyen que el Antiguo Testamento es la Biblia verdadera y que todo lo que sigue a Malaquías es opcional: apenas lectura complementaria. Eso no fue lo que enseñó Yeshua ni lo que enseñó Pablo. Pablo presenta su propio evangelio como un mensaje que debe estar «conforme a las Escrituras», no como algo que las reemplaza.

Otros se van al extremo opuesto y comienzan a preguntarse si los Evangelios y las cartas tienen verdadera autoridad, porque no eran lo que Pablo tenía en mente al decir «Escritura» en ese versículo. Esa zanja es igual de profunda. El mismo Ruach HaKodesh que inspiró a Moisés, Isaías y David inspiró a quienes registraron lo que vieron hacer y decir al Mesías y lo que los apóstoles enseñaron a la iglesia primitiva. Pedro, cerca del final de su vida, ya hablaba de las cartas de Pablo junto con «las otras Escrituras» (2 Pedro 3:16). El testimonio apostólico no era un añadido humano de menor valor, sino un testimonio dado por el Espíritu acerca de lo que la Torá había anunciado.

Mantén ambas manos abiertas. La Torá, los Profetas y los Salmos son el blanco al que apunta Pablo en 2 Timoteo 3:16. Los Evangelios, Hechos y las Epístolas registran cómo la flecha llegó exactamente al lugar señalado y ofrecen instrucción del Espíritu para vivir después de ese cumplimiento.

El lunes por la mañana

Cuando leas el Antiguo Testamento y te parezca algo distante o irrelevante, recuerda que esa es la colección de escritos que Pablo dice que equipa al creyente. Léela como la instrucción de un Padre que te dirige hacia algo bueno, no como un reglamento que ya incumpliste.

Cuando leas los Evangelios, no los leas solamente como biografías antiguas. Lee Mateo, Marcos, Lucas y Juan como el testimonio del blanco alcanzado: lo que la Torá y los Profetas anunciaron, ahora visible, caminando, enseñando, muriendo y resucitando en la historia.

Cuando leas las Epístolas, léelas como cartas pastorales que te muestran cómo vivir aquello a lo que siempre apuntó la Torá, ahora que el Ruach HaKodesh vive en ti y realiza la obra que la Torá por sí sola podía describir.

Cuando alguien te diga que el Antiguo Testamento ya no importa, tienes una respuesta. Pablo no pensaba así. Yeshua tampoco.

Oración

Padre, gracias por Tu instrucción: no una carga que llevar, sino la dirección de un Padre para mi vida. Gracias por la Torá, los Profetas y los Salmos, y porque todo lo que prometieron se manifestó en Yeshua tal como lo anunciaron. Enséñame a leer toda Tu Palabra como una sola historia, no como dos historias que compiten. Ruach HaKodesh, realiza en mí aquello a lo que siempre apuntó la Torá: escríbelo en mi corazón, no solamente lo pongas en mis manos. En el nombre de Yeshua, amén.

Declaración

La Palabra de Dios es una sola historia, dirigida hacia un solo blanco. La Torá me muestra el camino. El Mesías es ese camino hecho presente. Me afirmo en ambos y no pongo a uno contra el otro.